Comandante Antonio García

Aun se siente y se seguirá sintiendo por mucho tiempo más, no tanto el impacto que pasó, sino las consecuencias del terremoto acontecido el 10 de agosto.

La dimensión de la devastación apenas sale a flote, se ha hecho evidente la mezquindad de este gobierno en los cálculos políticos, priorizando la ideología por encima del humanismo, un comportamiento esquizofrénico, ante una realidad que solo necesita del sentido común para orientarse.

La humanidad, desde que apareció en la tierra, está condenada a vivir en un ‘tapiz’ sobre las placas tectónicas, y en un paisaje adornado por volcanes que de cuando en cuando resoplan, para advertirnos que estamos sobre una gran caldera recalentada. Así que no podemos decir, para justificar, que son “fenómenos naturales impredecibles”. La fecha y hora no las podemos saber, pero que nos sacudirán, claro que sí. Por eso deberíamos estar siempre preparados, y es responsabilidad de todos los gobiernos.

En ese sentido el desastre no es “natural”, son fenómenos o acontecimientos físicos y estamos advertidos. Esa narrativa justificativa no puede aceptarse. El verdadero desastre ocurre, por las condiciones precarias en que vive la población, sobre todo la más humilde, que por decir lo menos, mal vive. Detrás de esa narrativa se ocultan las diferencias sociales y las lógicas del capitalismo, que convierten un fenómeno físico en una tragedia humana. Bajo el lenguaje de la “mala suerte” o de la inevitabilidad, se encubren relaciones sociales de desigualdad y se evita que los responsables históricos asuman su cuota de responsabilidad, por las pérdidas humanas y materiales.

La vulnerabilidad ante estos eventos está distribuida de manera desigual mucho antes de que ocurra el sismo. No se trata solo del terreno o de la intensidad del movimiento. También intervienen las condiciones previas: vivir en zona de ladera o en terreno adecuado; contar con vivienda construida bajo normas sismoresistentes o autoconstrucción con materiales precarios; disponer de rutas y condiciones de evacuación o no tenerlas. Estas diferencias no aparecen de la nada el día del desastre: han sido decididas y planeadas previamente por la lógica del mercado, y por el negocio asociado a la construcción.

A esto puede llamársele, sin romanticismos, ‘capitalismo del desastre’, tal como lo describe Naomi Klein en la Doctrina del Shock. Luego de la catástrofe está ahí presto el capitalismo pos desastre: en situaciones como sismos, inundaciones o erupciones volcánicas; para instrumentalizar el trauma y la tragedia colectiva, profundizando la privatización de lo público y acelerar el modelo neoliberal. El objetivo no es únicamente reconstruir: es rediseñar el territorio y reorganizar servicios, bienes comunes y derechos sociales bajo la lógica del capital de incrementar las ganancias.

Este tipo de tragedias, sean de origen “natural” o derivadas de la guerra, las convierte en oportunidad de negocio. Como ejemplo, se ha documentado el patrón de reconstrucción posterior a genocidios y devastaciones bélicas, como en Gaza tras los crímenes cometidos por fuerzas asociadas al proyecto político de Israel con apoyo de Estados Unidos. Ese mismo modelo —ajustado a cada contexto— se intenta replicar en Venezuela y, ahora, se disfraza de “ayuda humanitaria” en Colombia, luego del sismo.

En ese marco, la estructura del Estado tiende a subordinarse a la reproducción del capital inmobiliario y de servicios, sin considerar la urgencia humanitaria real ni la reconstrucción entendida como garantía de vida digna para la población. Gobiernos como el de Colombia, apelan a la emotividad y promueven la idea de una reconstrucción rápida y “eficiente”, priorizando la inversión privada. Así, se impulsa el cambio en los usos del suelo y la reconfiguración de los espacios.

De esta manera, el financiamiento de proyectos en medio de la crisis termina subordinando el bienestar general a la privatización de acueductos, redes de energía, gas, recolección de residuos, seguridad, vías y, en general, los servicios que sostienen la vida cotidiana. Todo se hace pasando por encima de las comunidades y sus proyectos, sustentados en la ayuda mutua, la solidaridad y el humanismo.

No basta, entonces, con pedir “resiliencia” cuando la reconstrucción se reduce a una oportunidad, para reorganizar el territorio bajo intereses de mercado. El centro debe ser la vida, la dignidad, la justicia social y el reconocimiento de que las tragedias no ocurren en un vacío: se producen y se agravan en un contexto histórico de desigualdad y en decisiones políticas, que favorecen la acumulación por encima del derecho a vivir. Entonces vale la pena preguntarse ¿se trata de fenómenos naturales que causan desastres, o el capitalismo es el desastre?

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