
Sergio Torres
La realidad colombiana, cada vez más compleja y revuelta, contiene una gran cantidad de aristas problemáticas; la configuración del histórico conflicto social, político, ambiental, económico y armado produce un amplio espectro de análisis y realidades. Como bien se diría: la realidad supera la ficción.
Esta realidad convulsa conllevó durante muchos años a la constitución de grandes escuelas de periodismo, que han brillado por sus grandes representantes, el propio Gabriel García Márquez fue uno de ellos, que más allá de posturas ideológicas y políticas, guardaban respeto y sentido de exaltación por esta hermosa profesión. Tristemente, la realidad actual difiere ostensiblemente de esa historia.
Valga la claridad, que la generalización guarda la existencia de algunos y algunas pocas periodistas que mantienen la idea y la ética de un periodismo riguroso, serio y profundo. Sin embargo, la ola de mediocridad, carencia y ausencia de sentido ético profesional hoy pulula en la opinión publicada. El aporte de la llamada ‘posverdad´ fue precisamente acabar con el sentido del rigor periodístico, pues ya no importó más la información y su profundidad, sino la generación de sentimientos y emociones, para lo cual las técnicas de manipulación fueron trasladadas al mundo de la prensa.
De la información a la propaganda ramplona
Con la privatización y la adquisición de los medios de comunicación por parte de grandes emporios económicos, vino el acelerado proceso de desinformar, los intereses políticos y económicos de aquellas corporaciones primaron sobre todas las cosas, principalmente sobre la verdad y el derecho a una información veraz. Luego, el auge tecnológico y el desarrollo de las redes virtuales ayudaron a que estos monstruos ampliaran su capacidad de incidencia y manipulación. Si desde siempre la prensa y la comunicación masiva fueron un poder importante en la sociedad moderna, ahora dicha capacidad se multiplicó exponencialmente.
En Colombia, esto ha significado que antiguos medios de comunicación, cadenas informativas y periódicos, se transformen en medios de propaganda. El abandono de las normas básicas del periodismo y del tratamiento de hechos noticiosos fue total, pasando incluso de una información parcializada y tergiversada a la propaganda ramplona y vulgares vocerías con tono informativo. Es la miseria del periodismo en el que no hay nada más que el traslado de intereses, vociferaciones y falacias.
Uno de los puntos más altos de esta miseria, es la antigua periodista y hoy candidata presidencial, quien a pesar de haber pasado por una facultad de comunicación y periodismo, terminó convertida en una de las representaciones de esta decadencia, un triste y grotesco parlante de las mafias politiqueras, que son los clanes regionales y sus jefes mafiosos.
Sin embargo, en Colombia todo puede ser superado para mal. Durante esta semana hemos asistido al más horripilante ejercicio de comunicación masiva en nombre del periodismo. Ante la histórica condena en primera instancia al expresidente Álvaro Uribe Vélez, la jauría comunicativa del régimen mafioso, salió desaforada a inundar el espectro con odio y amenazas. Por todos sus medios, con mayor y menor nivel de rabia y deprecio por la ética periodística, lanzan amenazas y prestan sus micrófonos para irradiar segregación, develando su, hasta ahora contenido, fascismo criollo.
Un medio que se presta para que un personaje tropical, diga abiertamente que “hay que destripar a la izquierda” es claramente un medio de propaganda, no es prensa, ni periodismo y nada tiene que ver con la información. Son vulgares aparatos de propaganda en un país en guerra.
Inteligencia huera
El otro ejemplo de esta miseria de la prensa, viene presentándose desde el actor gubernamental. El actual gobierno tampoco fue el cambio en cuanto a formas y métodos de comunicación e información. Tal vez sea hasta ilegal que se oriente e impulse el ejercicio de la mentira oficial, se viole el derecho a la información y se manipule totalmente la población.
Un ejemplo de esto, son los llamados “Informes de inteligencia” que desde el Ministerio de Defensa y el alto mando militar envían a los medios de comunicación, cada que requieren encubrir o desviar alguna situación. Informes en los cuales, sin ningún respeto por nadie, inventan y mienten deliberadamente.
El complemento, es justamente la miseria periodística que no indaga, no pregunta, no incómoda, aun cuando las inconsistencias sean evidentes, aun cuando haya comunidades enteras denunciando, mostrando o comprobando. En esos casos la información se discrimina de acuerdo al interés. De nuevo, se convierte básicamente en propaganda.
Ante esa realidad perversa de la información en Colombia, la alternativa es que el periodismo alternativo y comunitario se organice, desligado del gobierno que ya intentó captarlo, y de hecho lo logró con varias expresiones comunicativas otrora independientes. Impulsar dinámicas de comunicación alternativa y popular, investigativas y comprometidas con la construcción de las transformaciones, pues sometidos a la manipulación, la paz no será posible.