Por: Comandante Nicolás Rodríguez Bautista

El barco que cruzaba el Atlántico, llevaba a tres sacerdotes españoles empeñados en caminar por Colombia tras las huellas del cura guerrillero Camilo Torres Restrepo, meses antes Domingo Laín, Manuel Pérez y José Antonio Jiménez habían sido expulsados de Colombia por subversivos.

En octubre de 1969 los tres llegaron a Colombia con la ayuda de un obispo español y el dinero justo para su viaje, que les regaló una señora adinerada que comprendió su causa, así como con la valiosa solidaridad de la Cuba fraterna y de profunda convicción internacionalista.

Manuel diría años después que luego de estar 28 días a la deriva en Bogotá, sin poder encontrar el enlace que los llevaría a la montaña, ya estaban pensando en contactar amigos que habían dejado antes de ser expulsados del país, contactos que Domingo podía hacer mejor, por su anterior trabajo de cura obrero en las ladrilleras de Bogotá. Al fin los contactaron y pudieron viajar a las selvas del Magdalena Medio. Ahora los tres, eran guerrilleros en las filas del ELN, para seguir así las huellas de Camilo.

Bautizo en las selvas colombianas

Un día de 1970 en el Magdalena Medio me encontré con Manuel, quien como Domingo, sabían un poco de mi vida y al día siguiente me hizo muchas preguntas sobre la historia del ELN, la vida de Camilo y su caída en combate. Me escuchaba con profunda atención y yo me esmeraba, para no dejar pasar las cosas que valoraba más importantes, las que él preguntaba y escudriñaba como quien busca con avidez en un cofre que guarda importantes secretos.

Unos meses antes había muerto José Antonio, por un paro respiratorio mientras atravesaba una extensa planicie de las orillas del río Magdalena, recién calcinada por un incendio forestal, su temprana muerte había conmovido a todos los compañeros, pero de manera muy honda a Manuel y a Domingo.

Terminando 1973 volví a verme con Manuel cuando en una proeza sobrehumana, atravesó la Serranía de San Lucas desde El Bagre en el Bajo Cauca, hasta la Quebrada Yanacué en San Pablo, sur de Bolívar; al quedar aislado tras un combate, debió realizar una marcha de 40 días consecutivos por la selva inhóspita, solo guiándose con el sol y alimentándose de lo que podía pescar y cazar. Cuando nos contaba sin alardes y con detalles su aventura, me costaba comprenderlo y no podía más que admirar su valentía y sus profundas virtudes humanas y de revolucionario, eso siempre me caló muy hondo.

El tiempo que sobrevino fue de agravamiento de la crisis que vivió el ELN por esos años, que tuvo su punto más grave en octubre de 1973, con la derrota de la Batalla de Anorí; en esos momentos con Manuel estábamos a grandes distancias geográficas y sin comunicaciones, de modo que solo a finales de 1976 volvimos a encontrarnos.

Su liderazgo natural

Manuel había ganado amplio reconocimiento en el Frente Camilo Torres Restrepo, ya era el tercero en su Dirección, cuando a mediados de 1976 tomamos la decisión de que este Frente se trasladara a operar a las serranías de Perijá y de Los Motilones en la Cordillera Oriental, donde junto a Edgar Amílcar Grimaldos Barón y otros compañeros, retomaron contactos de antiguas bases de apoyo que existían en esa región, como las creadas por el guerrillero vasco Pedro Baigorri, inserción social que con el tiempo dio la consistencia para establecer el Frente de Guerra Nororiental, asentado en la frontera con Venezuela, en la región del Catatumbo.

Volvimos a vernos en 1978 en una Reunión Nacional de Responsables, que congregó a los principales mandos del ELN, donde concluimos que era necesario estar juntos y trabajar con ahínco para superar la crisis, de la que empezábamos a salir pero era necesario mantener una dirección colectiva y un centro que liderara tal proceso. En esa dinámica colectiva estuvimos hasta 1981.

Manuel dedicaba todas sus energías a liderar la reconstrucción del ELN luego de su larga crisis y llevó sobre sus hombros la responsabilidad política, que dio un claro salto en la Reunión Nacional de 1983 y en el Primer Congreso de 1986. Aun cuando era el indiscutible líder político y primer mando de los colectivos de dirección que llegaron al Primer Congreso, este evento lo reafirma en la primera responsabilidad, hasta cuando una cirrosis hepática le produce su temprana partida el 14 de febrero de 1998.

Legado imperecedero

El ELN le ha reconocido al Comandante en Jefe Manuel Pérez su extraordinaria capacidad y liderazgo en la superación de la crisis y la consolidación del ELN. Como destacado cuadro integral, vivió de prisa su vida dedicando cada momento a la cualificación ideológica y política de los cuadros, a inculcar los valores humanistas del ser revolucionario y a saber vivir en las entrañas del pueblo, como única manera de consolidar la fuerza guerrillera, ante los embates contrainsurgentes delineados por el Pentágono estadounidense y asimilados por la cúpula militar colombiana, formada en la siniestra Escuela del Comando Sur de los EEUU.

Manuel se desvelaba buscando la manera de que el ELN estuviese unido en convicciones profundas y lineamientos políticos claros, desarrollándose en la construcción de sólidas bases populares y sociales, que fueran verdadero Poder Popular, en abierta batalla contra el sectarismo y convencido de que solo la unidad popular e insurgente, daría la fuerza para crear el bloque entre pueblo, insurgencia y nación, que disputara el poder a las clases dominantes.

Hoy el ELN rinde homenaje al entrañable Comandante en Jefe Manuel Pérez, como símbolo conductor; mantener sus convicciones y acervo revolucionario es el desafío que sigue estando a la orden del día, retomando uno de sus últimos llamados: “necesitamos hombres y mujeres para tiempos difíciles”.

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